La verdad última es desconocer el final. Si aceptándola, inevitablemente, toda acción pierde sentido, ¿qué hacer entonces con la existencia?
Algunos pensamientos post caminata insomne, pre mudanza

No hay sentido en volver. Lo que alguna vez estuvo ahí, ya no.
El continuo movimiento de lo vivo. De todo lo que ya no es, ¿qué queda? Nos fragmentamos en cada experiencia. ¿De qué me agarro? ¿Me agarro?
(¿Por qué a veces me formulo las preguntas en plural?)
Y si es que queda algo, ¿cómo lo describo? Una imagen, ¿en movimiento o detenida? ¿Se mide? De toda una experiencia, ¿qué conservo? ¿La mitad el %40 el cien el cero?
Lo que ya no es, doblemente inexistente porque tampoco podrá ser. Sobre la irrepetibilidad de las cosas.
El tiempo inexorablemente continúa. Fluye. Al menos la clase de tiempo objetivo, el confiable. El tiempo de los amaneceres y de las costumbres diarias de los insectos.
Que ése tiempo nos ignore, es un alivio.-
El apego es sufrimiento.
¿Qué es el privilegio? El sufrimiento es en verdad la incapacidad de estar satisfecho.
Observar, atestiguar y comprender las cosas tal y como son.
El ahora es un estado de continua impermanencia. La novedad es la primera distracción. y la última.
Poderosísima, ¿habrá un momento en la vida en que desaparezca ella y el deseo por ella?
o la fantasía de un reencuentro futuro.
idílico. o no. posible. o no.
pero inexistente.
ay, pero la pulcritud de las fantasías.
peor aún, el más imposible de los reencuentros, el que ya ocurrió.
todas sus recreaciones lo vuelven la más perfecta imperfecta posibilidad.
se repite la sensación de que otro me pierde, cuando fui yo la que me pierdo de otro. para colmo, la repetición invoca forma fantasmal. la certeza. la constancia. lo invariable. la sentencia a la nada inminente. ser consciente de los patrones de ésta sensación la hace alto tan precario, primitivo, como el pichón de una nueva especie.
Permito excesos de emociones, sentimientos bruscos, complicado describirlos.
Una convulsión violenta surgida del estómago, que asciende como sustancia hirviendo. La mente es la tapa de una olla a presión de la que éstos impulsos no escapan al aire. Me quedan en la sangre, inflan durezas en mi cuello. No me dejan ni disfrutar el mate.
Los observo en detalle, porque ignorarlos no está funcionando. Lo que quiero es soltarlos. No los niego. Su origen, al parecer, es una reacción de lo más común. Deseo dejarlos ir en el momento en que se presentan.
Intento una solución mundana: borro el rastro de éste yo violento en forma de mensajes de texto, de mails, de palabras enviadas. Me confío a la memoria, tan delicada y exquisita que no permite la convivencia con nada que la altere.
Pero lo pienso y lo pienso, ¿qué hay adentro de uno para que germinen ésta clase de emociones?
Partes de mi vida a las que cada vez vuelvo menos.
Muy naturalmente se desvanecen o se funden en algo mayor, sin forma ni masa. Intuyo su eventual desaparición. La lógica lo indica. Sin embargo, un impulso por sobrevivir las catapulta al ahora, y sin aviso previo se me aparecen distorsionadas pero con una materialidad anormal.
Hay un ínfimo momento en que se comprende con la firmeza de las verdades religiosas, que uno se va entregando de a pedazos, y que esas partes ya no vuelven ni se regeneran. Ni siquiera se fingen.
Hoy pensé que lo que no se nombra se olvida.
La foto dejó de ser una casualidad. Ahora, si disparo ocurren o pueden ocurrir dos cosas: se trata de una imagen observada. Puede que en el mundo que tenga alrededor en ese instante, o puede que en el mundo que tenga adentro, es decir una imagen interna. Me parece más poderosa que aquella observada hacia el exterior. ¿Dónde se originan las imágenes internas? Porque a veces son mentales, reflexionadas, ideadas, esperadas. Pero hay otro tipo, las que salen de las entrañas. Como un rugido de tripas o un zarpullido en la piel. Entonces se las expulsa del cuerpo, retenerlas parece ser un riesgo.
Otra vez el insomnio. Recuerdo para invocar el sueño y de paso vaciarme.
Las horas robadas al tiempo en mi primer departamento. Escribía en el teclado reducido de una netbook párrafos adolescentes sobre un hombre esquivo, al que deseaba sin entregarme. Me le ofrecía y al mismo tiempo me le negaba. El hombre sin rostro, el extraño. Pura piel y aire viciado.
El deseo y su no realización es una fuente inagotable de palabras e imágenes. El extraño era entonces una evocación constante. Hasta ahora mi tópico más prolífico. En aquel momento esbocé un modesto plan para disciplinarme, ejercitar el lenguaje escrito y superar lo embarazoso de agarrar el texto agitarlo en el aire y decir miren, lo escribí yo y se los muestro, con sus defectos apurados y los aciertos intuitivos. Mostrarse. De alguna forma hacerse cargo no del yo sino del intento por construirlo.
El yo no existe.
No sé si eso es cierto pero hoy voy a jugar a que lo creo. Es una configuración compleja que escapa a la casualidad y se sostiene en las intenciones que se concretan. Aquello que quisiera hacer pero no hago, no existe. Nunca sucedió. Manifestar un deseo no es darle existencia. Lo mismo con el yo. Aquel es sólo lo que es. No lo que se proyecta, ni refleja, ni siquiera lo que fue. El yo se regenera solo en el ahora, osea a cada instante. Parece una sucesión infinita de todas las formas posibles de mi conciencia. Ningún yo es igual a otro. Como todo en la naturaleza: irrepetible.